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Tu cuerpo no está en tu contra: qué ocurre cuando tu sistema nervioso vive en modo supervivencia

14 ago
7 min de lectura

Hay personas que dicen:

«No sé qué me pasa. En teoría estoy bien, pero mi cuerpo parece no haberse enterado.»

Se despiertan cansadas.

Les cuesta desconectar.

Sienten tensión muscular incluso cuando están descansando.

Reaccionan con intensidad ante cosas aparentemente pequeñas.

A veces necesitan controlar todo.

Otras veces ocurre justo lo contrario: no tienen energía para nada.

Les cuesta concentrarse, tomar decisiones o sentir ilusión.

Y entonces aparece una conclusión dolorosa:

«Algo funciona mal en mí.»

Pero quizá haya otra forma de entenderlo.

Tal vez tu organismo no esté fallando.

Tal vez esté haciendo exactamente aquello que aprendió a hacer para protegerte.

Y comprender esta diferencia puede cambiar radicalmente la relación que mantienes con tu cuerpo.

Tu sistema nervioso no busca felicidad. Busca supervivencia.

Nuestro organismo realiza constantemente una tarea extraordinariamente compleja: mantenernos vivos.

Mientras lees estas palabras, regula tu respiración, frecuencia cardiaca, temperatura, digestión, tensión arterial y miles de procesos que apenas percibes conscientemente.

Y, al mismo tiempo, tu cerebro interpreta continuamente lo que ocurre dentro y fuera de ti.

¿Hay peligro?

¿Estoy a salvo?

¿Necesito actuar?

¿Puedo descansar?

Gran parte de este procesamiento sucede sin que tengamos que pensarlo conscientemente.

Por eso podemos experimentar una reacción corporal antes incluso de comprender qué la ha provocado.

El corazón se acelera.

La mandíbula se tensa.

La respiración cambia.

El estómago se contrae.

Nuestro nivel de alerta aumenta.

El organismo se prepara.

Esto no es un error.

Es supervivencia.

El problema no es activarnos

A veces hablamos del estrés como si fuera algo necesariamente negativo.

No lo es.

Necesitamos activación para levantarnos por la mañana, afrontar un desafío, practicar ejercicio, resolver un problema o reaccionar ante una amenaza.

Un sistema nervioso sano no permanece permanentemente relajado.

Se adapta.

Puede activarse cuando es necesario y recuperar después estados de descanso.

El problema aparece cuando la activación se mantiene durante demasiado tiempo o cuando al organismo le cuesta recuperar su equilibrio habitual.

Imagina una alarma.

Su función es avisarnos cuando existe un peligro.

Pero ¿qué ocurriría si esa alarma comenzara a sonar ante cualquier pequeño estímulo?

O peor todavía:

¿qué ocurriría si nunca terminara de apagarse?

Algo parecido puede suceder cuando atravesamos largos periodos de estrés, incertidumbre, conflicto, dolor, sobrecarga o inseguridad.

Nuestro organismo aprende.

Y puede empezar a interpretar el mundo desde un estado de mayor vigilancia.

Cuando el peligro termina, pero el cuerpo continúa alerta

Hay una idea especialmente importante para comprender nuestro bienestar:

la desaparición del problema no siempre implica la desaparición inmediata de la respuesta corporal.

Podemos haber terminado una etapa laboral extremadamente estresante y continuar meses después despertándonos con tensión.

Podemos haber salido de una relación difícil y seguir reaccionando intensamente ante determinadas situaciones.

Podemos haber pasado años cuidando a otras personas y descubrir que, cuando por fin tenemos tiempo para nosotros, somos incapaces de relajarnos.

Porque el organismo no funciona como un interruptor.

Funciona mediante aprendizaje y adaptación.

Aquello que se repite deja huella.

Nuestro cerebro aprende asociaciones.

Anticipa.

Predice.

Intenta prepararnos para aquello que cree que puede ocurrir.

Por eso muchas respuestas que hoy parecen incomprensibles pueden haber tenido sentido en otro momento de nuestra historia.

La pregunta cambia

Cuando desconocemos todo esto, podemos entrar fácilmente en una guerra contra nosotros mismos.

¿Por qué soy así?

¿Por qué reacciono de esta manera?

¿Por qué no consigo relajarme?

¿Por qué sigo teniendo miedo?

¿Por qué me cuesta tanto parar?

¿Por qué sé perfectamente lo que debería hacer y no consigo hacerlo?

Pero hay una pregunta mucho más interesante:

¿Qué ha aprendido mi organismo para reaccionar así?

Esta pregunta no significa justificar todo lo que hacemos.

Significa comprender el mecanismo antes de intentar transformarlo.

Porque resulta muy difícil cambiar algo que interpretamos únicamente como un defecto.

Luchar, huir… y también detenernos

Cuando percibimos amenaza, nuestro organismo dispone de diferentes estrategias de protección.

Las más conocidas son la lucha y la huida.

Nuestro cuerpo moviliza recursos para responder.

Puede aumentar la frecuencia cardiaca.

La respiración se modifica.

Los músculos se preparan para actuar.

La atención se orienta hacia aquello que podría representar una amenaza.

Pero no todas las respuestas de protección implican hiperactividad.

En determinadas circunstancias podemos experimentar lo contrario.

Agotamiento.

Desconexión.

Sensación de bloqueo.

Dificultad para pensar.

Falta de motivación.

Necesidad de aislarnos.

El lenguaje popular suele interpretar estos estados desde el carácter:

«Soy demasiado nervioso.»

«Soy vaga.»

«No tengo fuerza de voluntad.»

«No sé gestionar mis emociones.»

Sin embargo, desde una perspectiva psicofisiológica podemos preguntarnos si algunos de estos estados están relacionados también con cómo nuestro organismo está intentando gestionar las demandas que percibe.

Y esta mirada abre posibilidades diferentes.

Regular no significa estar siempre en calma

Este es uno de los conceptos que quiero que atraviesen todo el trabajo de VIDYA.

Regulación no significa relajación permanente.

Una persona regulada también se enfada.

Se asusta.

Llora.

Se activa.

Se preocupa.

Tiene días difíciles.

La regulación tiene mucho más que ver con nuestra capacidad para movernos entre diferentes estados y recuperar progresivamente un rango de equilibrio.

Necesitamos activarnos para actuar.

Necesitamos descansar para recuperarnos.

Necesitamos conectar con otras personas.

Necesitamos también momentos de introspección.

La salud no está en permanecer inmóviles en un único estado.

Está en recuperar flexibilidad.

Y aquí aparece algo fascinante: nuestros antepasados también regulaban

Evidentemente, las sociedades antiguas no utilizaban conceptos como sistema nervioso autónomo, regulación emocional o neuroplasticidad.

Pero desarrollaron prácticas colectivas que acompañaban algunos de los momentos de mayor intensidad emocional de la existencia humana.

Nacimiento.

Muerte.

Duelo.

Paso a la edad adulta.

Uniones.

Separaciones.

Cambios de estación.

Enfermedad.

Cosechas.

Conflictos.

Comienzos y finales.

Y alrededor de esos momentos encontramos una y otra vez elementos como:

respiración,

movimiento,

danza,

canto,

percusión,

silencio,

contacto con la naturaleza,

narración,

símbolos,

repetición,

comunidad

y ritual.

Esto no significa que nuestros antepasados estuvieran practicando «neurociencia sin saberlo».

Sería una afirmación demasiado simplista.

Pero sí podemos preguntarnos algo mucho más interesante:

¿qué efecto tenían aquellas prácticas sobre las personas que participaban en ellas?

El ritual como experiencia para el cuerpo

Imagina por un momento una comunidad reunida alrededor del fuego.

Hay oscuridad.

El fuego proporciona un punto visual constante.

Existe un ritmo repetitivo.

Las personas cantan juntas.

Respiran.

Se mueven.

Escuchan una historia compartida.

Saben por qué están allí.

Existe un principio.

Existe un desarrollo.

Existe un final.

Y existe una comunidad que presencia lo ocurrido.

Desde una mirada contemporánea podemos reconocer en esa experiencia numerosos elementos capaces de influir sobre la atención, la activación fisiológica, la emoción, el vínculo social y la construcción de significado.

Quizá parte de la potencia del ritual no residiera únicamente en aquello que las personas creían.

Quizá también residiera en lo que sus cuerpos experimentaban mientras participaban en él.

Y esta es una de las preguntas que más vamos a explorar en VIDYA.

El cuerpo necesita experiencias, no solamente explicaciones

Podemos comprender intelectualmente nuestra historia.

Y esa comprensión puede ser enormemente valiosa.

Pero a veces llega un momento en el que necesitamos algo más que entender.

Necesitamos experimentar seguridad.

Experimentar descanso.

Experimentar límites.

Experimentar movimiento.

Experimentar presencia.

Experimentar que podemos sentir una emoción sin desaparecer dentro de ella.

Experimentar que podemos activarnos y después volver.

Ahí entran prácticas como la respiración consciente, la meditación, el movimiento, la atención corporal, el contacto con la naturaleza, determinadas experiencias ritualizadas y el vínculo con otras personas.

No como soluciones mágicas.

Sino como experiencias mediante las cuales el organismo puede ir aprendiendo nuevas posibilidades.

Neuroplasticidad: podemos seguir aprendiendo

Una de las ideas más esperanzadoras que nos ofrece la neurociencia contemporánea es que nuestro cerebro conserva capacidad de cambio.

La neuroplasticidad describe la capacidad del sistema nervioso para modificar su organización y funcionamiento en respuesta a la experiencia.

Eso significa que nuestra historia importa.

Pero no necesariamente determina todo nuestro futuro.

Hemos aprendido respuestas.

Podemos aprender otras.

Hemos construido asociaciones.

Podemos construir nuevas experiencias.

Y normalmente ese proceso no ocurre mediante una revelación extraordinaria.

Ocurre mediante repetición.

Experiencia.

Tiempo.

Contexto.

Relación.

Práctica.

Por eso en VIDYA no me interesa tanto perseguir transformaciones espectaculares como construir pequeñas experiencias repetidas de presencia, seguridad y coherencia.

Una práctica VIDYA para empezar

No quiero que termines este artículo únicamente con información.

Vamos a hacer algo muy sencillo.

No necesitas cerrar los ojos.

No necesitas meditar.

Solo detente unos segundos.

Observa dónde estás.

Mira lentamente a tu alrededor.

Sin buscar nada.

Simplemente permite que tus ojos reconozcan el espacio.

Después siente los puntos de contacto de tu cuerpo.

Los pies contra el suelo.

La espalda contra la silla si estás sentado.

Las manos apoyadas donde estén.

No cambies todavía tu respiración.

Obsérvala.

Y pregúntate:

¿Qué señales recibe mi cuerpo en este momento?

Temperatura.

Sonidos.

Luz.

Contacto.

Espacio.

Respiración.

Después haz una exhalación ligeramente más lenta.

Sin forzar.

Y otra.

Y durante unos segundos no intentes arreglar nada.

Solo observa.

Eso también es regulación:

aprender a estar presentes para percibir qué está ocurriendo antes de reaccionar automáticamente.

Tal vez tu cuerpo no sea el enemigo

Durante mucho tiempo hemos tratado el cuerpo como algo que debía obedecernos.

Dormir cuando queremos.

Rendir cuando necesitamos.

Callar cuando molesta.

Adelgazar cuando decidimos.

Relajarse cuando se lo ordenamos.

Dejar de sentir cuando una emoción resulta incómoda.

Pero el cuerpo no es una máquina que espera instrucciones de la mente.

Forma parte de lo que somos.

Quizá por eso uno de los primeros pasos hacia una relación diferente con nosotros mismos consista en dejar de preguntarnos:

«¿Cómo hago para controlar mi cuerpo?»

y empezar a preguntarnos:

«¿Qué intenta comunicarme?»

No todo síntoma tiene un origen emocional.

No todo malestar se explica por el sistema nervioso.

Y cualquier síntoma persistente o preocupante merece una valoración profesional adecuada.

Pero incluso teniendo esto presente, existe una idea que puede transformar nuestra relación con nosotros mismos:

tu organismo lleva toda tu vida intentando mantenerte a salvo.

A veces utiliza estrategias que ya no necesitas.

A veces se activa demasiado.

A veces le cuesta regresar.

Pero podemos enseñarle nuevas experiencias.

No mediante la guerra.

Mediante conciencia, práctica y tiempo.

Y quizá ahí comienza una forma diferente de transformación.

No obligando al cuerpo a callar.

Sino aprendiendo, por fin, a escucharlo.


La sabiduría vive en ti. Aquí vienes a recordarla.


Paloma Escobar Martín

VIDYA · Neurociencia, conciencia y sabiduría ancestral

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