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¿Por qué no puedes relajarte aunque quieras?1

14 ago
7 min de lectura

La diferencia entre descansar y sentirse a salvo

Te sientas en el sofá.

Por fin has terminado todo lo que tenías que hacer.

No hay ninguna urgencia.

Nadie te está pidiendo nada.

Tienes tiempo.

Podrías descansar.

Y, sin embargo, no puedes.

Coges el móvil.

Te levantas a hacer algo.

Piensas en lo que queda pendiente.

Tu cabeza empieza a repasar conversaciones.

Sientes que deberías aprovechar el tiempo.

Quizá incluso aparece cierta culpa:

«Con todo lo que tengo, debería sentirme bien.»

Pero tu cuerpo continúa inquieto.

Y entonces intentas relajarte.

Respiras profundamente.

Pones música.

Intentas meditar.

Te dices:

«No pasa nada.»

«Tranquilízate.»

«Relájate.»

Pero algo dentro de ti parece no escuchar.

Quizá porque existe una diferencia fundamental que pocas veces nos han explicado:

descansar no es exactamente lo mismo que sentirse a salvo.

Puedes estar a salvo y no sentirte a salvo

Esta distinción es esencial.

Una cosa es la seguridad objetiva de una situación.

Y otra es cómo nuestro organismo interpreta esa situación.

Puedes estar sentado tranquilamente en tu casa sin ninguna amenaza inmediata y, aun así, experimentar tensión muscular, pensamientos acelerados, respiración superficial o necesidad constante de hacer algo.

¿Por qué?

Porque nuestro cerebro no responde únicamente a lo que está ocurriendo.

También utiliza experiencias anteriores, aprendizaje, memoria, contexto y señales procedentes del propio cuerpo para anticipar lo que podría ocurrir.

En otras palabras:

nuestro organismo no espera siempre a que aparezca el peligro para reaccionar. Intenta predecirlo.

Y esto tiene muchísimo sentido desde el punto de vista de la supervivencia.

Para nuestros antepasados era más útil reaccionar ante una posible amenaza que esperar a comprobar si realmente lo era.

El problema aparece cuando esa lógica protectora continúa funcionando en contextos donde ya no resulta necesaria.

Cuando parar se vuelve incómodo

Hay personas que llevan tantos años viviendo desde la exigencia, la responsabilidad o la alerta que detenerse les resulta extraño.

Mientras hacen cosas, funcionan.

Organizan.

Trabajan.

Cuidan.

Resuelven.

Ayudan.

Atienden.

Pero cuando llega el silencio aparece el malestar.

Y entonces vuelven a hacer.

No necesariamente porque quieran.

A veces porque hacer se ha convertido en una forma de regulación.

La actividad mantiene nuestra atención ocupada.

Nos proporciona estructura.

Sensación de control.

Dirección.

Incluso identidad.

Cuando desaparece, pueden emerger sensaciones que llevábamos mucho tiempo sin escuchar.

Cansancio.

Tristeza.

Soledad.

Miedo.

Vacío.

Inquietud.

Y entonces podemos confundir la dificultad para detenernos con productividad, personalidad o falta de disciplina.

Cuando quizá nuestro cuerpo simplemente ha aprendido que estar en movimiento resulta más seguro que parar.

El sistema nervioso aprende por experiencia

Podemos decirle mil veces a nuestro cuerpo:

«Ya puedes relajarte.»

Pero nuestro sistema nervioso no aprende únicamente mediante palabras.

Aprende mediante experiencias.

Si durante años hemos vivido situaciones de incertidumbre, estrés, dolor, responsabilidad constante o conflicto, nuestro organismo puede haberse acostumbrado a determinados niveles de activación.

Eso no significa que estemos condenados a vivir así.

Significa que recuperar calma puede requerir algo diferente a comprender racionalmente que todo está bien.

Necesitamos experimentar repetidamente que podemos bajar la guardia y que no ocurre nada peligroso.

Y aquí aparece una idea central dentro del enfoque VIDYA:

la seguridad también se aprende.

No se trata de obligarte a relajarte

Cuando alguien está muy activado, decirle «relájate» puede resultar tan inútil como decirle a una persona que no tenga miedo.

Porque la regulación no funciona mediante órdenes.

No podemos negociar intelectualmente con todos los mecanismos automáticos del organismo.

Podemos, sin embargo, crear condiciones que faciliten otras respuestas.

La luz.

El ritmo.

La respiración.

La temperatura.

El movimiento.

La voz.

El contacto.

La postura.

La naturaleza.

La música.

La presencia de determinadas personas.

Todos ellos pueden formar parte del contexto que nuestro cerebro utiliza para interpretar una situación.

Por eso regularnos no consiste únicamente en pensar diferente.

Consiste también en ofrecer al organismo información diferente.

La respiración: mucho más que «respira hondo»

Probablemente hayas escuchado cientos de veces que, cuando estás nervioso, debes respirar profundamente.

Pero respirar más no siempre significa respirar mejor.

Cuando estamos activados podemos tender a respirar de forma rápida, superficial o irregular.

Una estrategia sencilla puede ser dejar de intentar llenar exageradamente los pulmones y prestar más atención a una respiración cómoda y no forzada.

En algunas prácticas, alargar suavemente la exhalación puede favorecer un descenso de la activación.

Pero hay algo todavía más importante:

la respiración no debería convertirse en otra obligación.

No existe una respiración mágica capaz de solucionar todos nuestros estados emocionales.

La respiración es una puerta de entrada.

Una manera de observar.

De sentir.

De acompañar al organismo.

No de dominarlo.

La interocepción: aprender a escuchar desde dentro

Existe un concepto fascinante dentro de la neurociencia: interocepción.

Hace referencia, de manera simplificada, a nuestra capacidad para percibir señales procedentes del interior del organismo.

El latido del corazón.

La respiración.

La tensión.

La temperatura.

El hambre.

La saciedad.

Las sensaciones viscerales.

Muchas prácticas contemplativas y corporales entrenan precisamente esta capacidad de observar lo que ocurre dentro.

Pero existe una diferencia importante entre sentir el cuerpo y vigilarlo.

Cuando estamos preocupados podemos estar extremadamente atentos a nuestras sensaciones corporales, pero interpretarlas constantemente como señales de peligro.

Por eso el trabajo corporal no consiste simplemente en sentir más.

Consiste en aprender progresivamente a sentir sin interpretar automáticamente cada sensación como una amenaza.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la sabiduría ancestral?

Muchísimo.

Durante miles de años, diferentes culturas han creado espacios específicos para modificar el estado habitual de las personas.

El fuego.

La oscuridad.

El círculo.

El canto.

La percusión.

El balanceo.

La danza.

La repetición.

El silencio.

El contacto con la tierra.

La narración.

Los aromas.

La presencia del grupo.

Los rituales establecían algo fundamental:

un contexto.

Había un momento para entrar.

Un espacio donde permanecer.

Y un momento para salir.

El cuerpo sabía que algo diferente estaba ocurriendo.

Hoy no necesitamos atribuir propiedades sobrenaturales a cada uno de estos elementos para reconocer que el entorno, el ritmo, la atención, el movimiento y el vínculo pueden influir profundamente en nuestra experiencia.

Quizá por eso algunas prácticas ancestrales continúan resultándonos tan poderosas.

No solamente porque representan algo.

Sino porque las experimentamos con todo el cuerpo.

El ritual puede decirle al cerebro: «ahora ocurre otra cosa»

Piensa en algo tan cotidiano como encender una vela antes de meditar.

La vela no regula mágicamente el sistema nervioso.

Pero si repetimos ese gesto antes de una práctica de calma, puede convertirse progresivamente en una señal asociada a ese contexto.

Lo mismo puede ocurrir con una música.

Un aroma.

Una manta.

Una postura.

Un lugar.

Una frase.

Nuestro cerebro aprende asociaciones.

Y podemos utilizar conscientemente esa capacidad.

Aquí aparece una de las formas en las que VIDYA integra neurociencia y ritual.

No necesitamos elegir entre decir:

«Esto es espiritual»

o

«Esto es científico».

Podemos preguntarnos:

¿Qué significa este gesto para mí y qué experiencia genera en mi cuerpo?

Esa pregunta abre un territorio mucho más interesante.

Construir pequeños refugios de seguridad

A veces buscamos grandes experiencias transformadoras.

Pero el sistema nervioso aprende también a través de momentos extraordinariamente pequeños.

Una taza caliente entre las manos.

Sentir los pies descalzos sobre el suelo.

Caminar lentamente.

Escuchar una música conocida.

Mirar por una ventana.

Sentarnos junto a alguien con quien podemos ser nosotros mismos.

Sentir el sol.

Apoyar una mano sobre el pecho.

Respirar sin intentar conseguir nada.

Repetidos en el tiempo, determinados gestos pueden convertirse en señales asociadas a pausa, presencia y cuidado.

No solucionan todos nuestros problemas.

Pero pueden formar parte de algo mucho más importante:

construir un repertorio de caminos para volver a nosotros.

Una práctica VIDYA: «Aquí, ahora»

Quiero proponerte algo muy sencillo.

Puedes hacerlo en aproximadamente dos minutos.

Antes de comenzar, mira a tu alrededor.

No cierres los ojos todavía.

Permite que tu mirada recorra lentamente el espacio.

Busca tres cosas que te resulten agradables o neutrales.

Puede ser la luz entrando por una ventana.

Una planta.

Un objeto.

Un color.

Después siente dónde está apoyado tu cuerpo.

Los pies.

Las piernas.

La espalda.

Las manos.

No intentes relajarte.

Simplemente siente el contacto.

Ahora coloca, si te resulta agradable, una mano sobre el pecho y otra sobre el abdomen.

Observa tu respiración.

Sin corregirla.

Y pregúntate:

«¿Hay algún peligro inmediato en este instante?»

No mañana.

No dentro de una semana.

No aquello que podría ocurrir.

Ahora.

Si la respuesta es no, permite una exhalación suave.

Y mentalmente puedes decir:

«Ahora mismo estoy aquí.»

Otra respiración.

«Ahora mismo puedo permanecer.»

No necesitas sentir una paz absoluta.

Ese no es el objetivo.

Solo estamos enseñando al cuerpo a reconocer un instante en el que no necesita resolver nada.

La seguridad no siempre llega como paz

Este punto es importante.

A veces esperamos que regularnos produzca inmediatamente una sensación maravillosa de tranquilidad.

No siempre ocurre.

Para una persona acostumbrada a vivir en alerta, la calma puede resultar inicialmente extraña.

Incluso incómoda.

Por eso no necesitamos perseguir estados perfectos.

Podemos empezar buscando algo mucho más pequeño:

un 5 % más de comodidad.

Una mandíbula ligeramente menos tensa.

Una respiración un poco más libre.

Los hombros descendiendo unos milímetros.

Treinta segundos sin hacer nada.

Un momento de presencia.

Y después otro.

Porque quizá la regulación no consista en llegar a un lugar llamado calma.

Quizá consista en ampliar poco a poco nuestra capacidad para transitar la vida sin quedar atrapados permanentemente en un único estado.

Tu cuerpo necesita comprobarlo

Hay cosas que la mente puede comprender rápidamente.

El cuerpo suele necesitar repetición.

Puedes saber que una etapa terminó.

Tu cuerpo necesita experimentarlo.

Puedes saber que ahora estás a salvo.

Tu organismo necesita comprobarlo.

Puedes saber que tienes derecho a descansar.

Quizá tu sistema nervioso tenga que aprender que descansar no tendrá consecuencias.

Y ese aprendizaje requiere paciencia.

No porque haya algo defectuoso en ti.

Sino porque los mecanismos que aprendieron a protegernos no desaparecen simplemente porque hayamos comprendido intelectualmente que ya no los necesitamos.

Podemos enseñar nuevas posibilidades.

Experiencia tras experiencia.

Respiración tras respiración.

Momento tras momento.

Hasta que un día descubrimos algo aparentemente pequeño pero profundamente transformador:

podemos detenernos...

y no ocurre nada.

Podemos descansar...

sin sentir culpa.

Podemos bajar la guardia...

sin desaparecer.

Podemos habitar nuestro cuerpo...

sin estar continuamente luchando contra él.

Y quizá entonces comprendamos que la calma no era algo que teníamos que conquistar.

Era algo que nuestro organismo necesitaba aprender que podía permitirse.


La sabiduría vive en ti. Aquí vienes a recordarla.


Paloma Escobar Martín

VIDYA · Neurociencia, conciencia y sabiduría ancestral


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